Nuestra propuesta

La certeza no emerge de una aprehensión de la verdad sino de una exploración de los límites de lo representable…
Raymundo Mier, Formas de vida.

Hacer, decir y pensar el diseño

Estamos viviendo en una época muy intensa, signada por los enormes cambios producidos por la constante expansión tecnológica digital y su impacto, predominante, en los medios de comunicación. Se han modificado las conductas, actitudes y aptitudes de los sujetos y de la sociedad.
Estos factores nos demandan una reflexión, constante y cuidadosa, sobre las competencias profesionales necesarias al futuro diseñador gráfico, ya que el campo de desarrollo profesional está en constante movimiento; y esta dinámica nos demanda capacidades para comprender y aprehender lo nuevo, para adaptarse pero cuestionar aquello que se presenta como dado, para abrir espacio a la innovación.
Esta reflexión implica comprender tanto las competencias instrumentales “el saber hacer” para la producción de diseño como la toma de conciencia respecto de la ética del diseñador en el ejercicio de su labor profesional y su responsabilidad en el contexto social en el que actúa.
El Diseñador Gráfico, en tanto operador cultural, es quien dará respuesta profesional a la configuración de los cada vez más diversos discursos visuales y, en esta labor, interviene en la construcción de nuestro entorno y participa de los procesos de producción social de sentido. La comunicación visual es un instrumento, entre otros, de transformación de lo real.
Desde la cátedra fomentamos que el taller sea el espacio donde desarrollemos un trabajo que permita el proceso de enseñanza y aprendizaje, acompañando a cada alumno en su proceso singular, buscando fomentar la actitud cuestionadora de su propia producción, convocándolo a rever los límites en los que se plantea su trabajo. Poner en crisis los supuestos para permitir que surja lo nuevo forma parte del proceso creativo y está al servicio de ayudar a los alumnos a desplegar sus capacidades y potencialidades (y gustos y tendencias y a sacarse las ganas de proponer). Esto implica la mismo tiempo un vaivén reflexivo en el que también se cuestionan los modelos instituidos, no hay recetas ni secretos, hay que ponerle la cabeza y la pasión: el diseño precisa de ese encuentro.
La estructuración del programa en los tres niveles se desarrolla observando una gradación en la complejidad, donde en cada taller se aborden temáticas que ofrezcan particularidades específicas y que permita, a la vez, que los ejes conceptuales sean desplegados transversalmente ahondando en cada año la profundidad de su tratamiento.
Por último entendemos que el quehacer del diseño implica un compromiso, nos demanda estar en presencia, hay que ponerle el cuerpo; construirlo, interpelarlo y volverlo a construir, el quehacer del diseño requiere sensibilidad, paciencia y entrega. Esto es lo estimulamos que acontezca en el taller, porque el diseño también -y sobre todo- es eso: un acontecimiento.